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José Luis Caramés Lage

 
 
 
 


 

Microcuentos:

1. El aserradero

2. Isabel

 

 

El aserradero


El autobús de línea paró en el cruce de Landoy y me bajé. Sentí que una niebla gris oscura cogía con unas manos muy delicadas y de largos dedos mi alma retorciéndola hasta producirme cierto dolor en el pecho y esos espasmos de píloro que me entran cuando me pongo nervioso y no tengo cerca las gotas de bellafolina. Sabía a donde quería ir y me puse a caminar bajando por la carretera que quedaba enfrente de la parada. Bajé entre los maizales y llegué al aserradero que había quedado mudo con el tiempo. No se oía nada. Los ruidos de las sierras, de los raíles y trenes de carretillas llenos de tablas de madera, de los obreros que debían gritarse para poder entenderse, de los motores de los camiones que iban a llenarse de madera, se habían marchado para siempre.  Sólo quedaba algo en el viento que también lleno de nostalgia me había leído el pensamiento y hacía revolotear ante mí a algunos cascotes que no pesaban y algo de aserrín que aún quedaba entre las hierbas que habían crecido en el suelo que ya no pisaba nadie.
Quise aplastar con mi bastón lacado en negro las hierbas que se habían atrevido a crecer donde antes solo había castillos de tablillas levantados para secarlas pero oí el agua al batir suavemente contra el muelle en donde se cargaban los barcos que llevaban la madera cortada y tan suave a la caricia del que lo hace con amor. Me acerqué al mar después de cruzar todo el aserradero dando patadas y bastonazos a las hierbas más atrevidas y me senté en aquel banco de piedra en donde hasta los filósofos más racionalistas y ateos se habían convertido al ver aparecer la luz del sol entre las nubes de un cielo cerrado con el color más gris oscuro.
Miré al horizonte y recordé por donde iba a pescar en la canoa roja y blanca del abuelo. Pescábamos robalizas con línea y anzuelo plateado que brillaba mucho dentro del agua llegando hasta el promontorio en donde dábamos la vuelta antes de meternos más adentro en el mar. Si había marea llena a lo mejor llegábamos a los puentes de Mera, a ver los remolinos por los que, más de una vez, discutí con don José que quería, a toda costa, cruzarlos. A mi, me entraba miedo, más que nada por el rugir del agua en círculos debajo de aquellos grandes arcos que hacían de puertas a una especie de lago en donde hasta el tiempo parecía haberse muerto.
Oía el silencio de mi nostalgia un tanto amarga y el desconcierto de mi razón preguntándome por qué los Ortigueira habían hecho las cosas tan mal, agotando las posibilidades de futuro. Todo había quedado vacío, tan vacío que hasta el ruido se había marchado.
Ahora quedábamos el viento, las hierbas más descaradas y yo.

 

 

Isabel


Tenía la cara bastante redonda, los ojos verdes oscuros y se llamaba Isabel. La primera vez que lo hicimos ya llevábamos seis meses de noviazgo y fue en la pensión de la calle San Francisco de Oviedo en donde yo vivía de las clases particulares de física y química que daba por las tardes. Nos supo a poco pues no se podía hacer ruido y aquellas camas, todas, las de los años sesenta, lo hacían hasta la desesperación. Isabel estudiaba francés y yo, muy poco, pues me interesaba más informarme sobre la revolución de los situacionistas que comenzaría en París en unos meses. Desde que había llegado a Oviedo pertenecía al grupo de Rúa, aquel profesor de latín expulsado de su cátedra que no tenía puerta de entrada en su casa de la calle Moros de Gijón y que atendía, sin cobrar nada, a todos los que necesitaban aprender lenguas muertas.
Isabel pertenecía más al mundo moderno que al clásico, algo que se notaba cuando tocaba ciertas piezas al piano que yo oía a veces quieto debajo de la ventana de su casa. Esto sucedía los sábados cuando sus padres se iban a la cuenca minera y, a ella, le apetecía teclear con mucha serenidad y cuidados imitando a Massenet y a Fauré, dos pianistas franceses que habían dicho que querían liberarse de la estética del subjetivismo.
Isabel era más de salir con la pandilla y de andar con cuidado cuando cortejaba conmigo sola pues sus padres no me veían con buenos ojos. Le habían dicho que, a mi, me faltaba el sentido de la mina, -yo venía de la costa y de ver el mar-, pues nunca había entrado en la tierra para ver sus negras entrañas. No sabía de carbón, de raíles, de túneles de roca y galerías o de lignita y plegamientos tectónicos y, mucho menos, de la huelga del año 62. Los padres le habían dicho a Isabel, un día de merienda con sidra, que su novio tenía que ser de La Felguera y vivir en la urbanización cerca del carbón amontonado que había eliminado a los helechos y en donde se encontraban los cuartes para los obreros. Su futuro marido tendría que vivir en el esplendor industrial y trabajar para que don Pedro pudiese seguir cuidando de las gentes que no viniesen del mar.
El noviazgo duró hasta que me marché a cumplir el servicio militar en el desierto en donde aprendí a cantar aquella canción que decía ponte las bragas marrones que te quedan de cojones y que entonaban bastante bien dos hermanos gemelos de la cuenca minera. Isabel tardó poco en seguir los pasos de otros colonizadores, cruzó el mar y se marchó a California para casarse con un carpintero. Y, entre tanto, La Felguera se quedó sola, sin gente, sin carbón y sin helechos.