Entre en la tertulia el abedul

Birch Silhouette II, James Wiens
SOBRE CUADROS
Destellos de luz irónica y alucinada ante mis obras de arte predilectas.
Por Hernán Valladares Álvarez.
I. Sobre el cuadro “Lot y su hija” de Albrecht Altdorfer.

Al ver este cuadro (hermosísimo, cuerpos que marcan la debacle de la edad, un colorido subyugante y un par de sonrisas que superan en sugerencias herméticas a la celebérrima y algo estulta mueca de la Gioconda) me vienen a la cabeza varias cosas. Primero, la univesalidad de la pulsión sexual. La necesidad de perpetuar la especie es el pretexto para hablar de sexo, en esta sazón. Al fondo del óleo aparecen las que suponemos Sodoma y Gomorra, ciudades pecadoras, bajo las encarnadas llamas. Atrás, pero muy próxima a Lot y a su hija que yace entre sus brazos, se encuentra la otra hija. Estas muchachas cargadas de pragmatismo procreativo son inefables porque el autor de la Biblia no quiso darles un nombre propio. Son, así de simple, “las hijas de Lot”, y como tal se las conoce. Huidas de Sodoma, junto con su progenitor, eran las únicas supervivientes de la venganza divina. El pueblo oligofrénico de Sodoma quiso vejar lascivamente a los enviados de Dios, y Dios les envió la extinción hecha cerilla. Los socarró en una inmensa parrillada de vicios calcinados. La esposa de Lot no había logrado sobrevivir porque incumplió la consigna requerida: no mirar hacia atrás. Y se convirtió en estatua de sal. Esta sal vendría bien para dar mejor sabor a la parrillada de las ciudades malditas, Sodoma y Gomorra. Las hijas pensaron que para mantener la continuidad de la especie debían hacer un intercambio genético con su padre. Así que lo emborracharon y copularon con él. Por eso digo que estas chicas, aparte de tener los pechos cortos, hendidos, distantes, bizcos y, en fin, demasiado púberes, disponían de un enorme pragmatismo procreativo. El fin justifica los medios. Siendo de Sodoma no se podía esperar otra cosa de estas criaturas, por mucho que fueran testigas directas del escarmiento: se pegan la gran juerga, vino y sexo, pero con el agravante de un incesto ascendente, de hijas a padre (lo normal para este vicio suele ser, en términos estadísticos, el forcejeo descendente, de padre a hija). El padre, más que beodo, parece feliz como un mono en una frutería. El artista, Altdorfer, les puso un paño verde para que no se manchen las posaderas y no engendren luego un hijo de la tierra. Por lo que creo, según el libro del Génesis, copulan encerrados en una tienda. En el cuadro, la hija del fondo no sé qué hace. Parece que está intentando descubrir si le huele la axila. No sería raro que, para mayor gloria de su insensata condición de pecadora, frente a tanto despropósito moral, la muchacha estuviera más preocupada por el olor de su sobaco que por todo lo demás, incluyendo la quema de su pueblo. Buen antecedente, ya sea histórico o legendario, de la frivolidad de nuestros días. Frente al derrumbe ético, frente al hambre y la enfermedad de tres cuartas partes del mundo, una buena tarde de compras inservibles.
II. Sobre “Piedras de un muro antiguo”, de Mordecai Ardon.

Mordecai Ardon, según rezan sus más elementales reseñas biográficas, es posiblemente el mejor pintor israelí, y, añado yo, en su edad provecta tenía un rostro afable y bonachón muy agradable. Pero no he venido aquí para hablar de los pintores. Este lienzo promete sombras frescas en mitad de la tarde de siesta, junto a un muro. No permite mucha comicidad el comentario de esta obra que, sin embargo, nos deleita con su frescor diríase que mentolado. Los marrones vislumbrados en algunos de los sillares reverencian la edad de la piedra antigua. Pero esta pintura absorbe mi alma por el verde con que Ardon refresca el valor de lo milenario e inmóvil. El musgo, el verdín, la hiedra, en fin, la fértil humedad amparada por la piedra, viene a dar vida sobre la muerte, alegría a lo inerte, esperanza a aquello que por su naturaleza parecía abocado al polvo de los siglos. De la superficie más aparentemente estéril nace la vida. En medio de la calle milenaria y pétrea encontramos la esquina de un muro donde florece un pequeño mundo de abundancia y frescor. El vergel nace en la delgada, milimétrica acumulación de polvo cósmico sobre los sillares y entre sus oquedades. Huele a humus y sentimos el tacto de la piedra musgosa o el terciopelo. Una abstracción tan elocuentemente figurativa, tan viva, transmisora de sensaciones tan orgánicas, sólo puede emanarse de un ser, el artista, genéticamente cargado de historia, y, más que historia, de arqueología, un ser nacido en uno de los epicentros del nacimiento de la cultura humana y la civilización. La abstracción en Nueva York es plástico puro. Esta otra abstracción es un hallazgo arqueológico, una reunión del cielo y de la tierra, de la piedra y el agua. Miró y Ardon tienen mucho en común y pueden haber tenido una evolución poligenética pero casi simultánea en el tiempo, muy paralela. Sería interesante estudiarlo.
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